EL SACRIFICIO DE UN CIERVO SAGRADO (Yorgos Lanthimos, 2017)

Aunque esta es la primera película que veo del director Yorgos Lanthimos, ya iba avisado de las particulares formas del griego a la hora de presentar sus películas. Mientras unos le acusan de hacer uso de un cripticismo demasiado personal, otros se sienten fascinados por sus maneras abstractas. Sea como sea, parece claro que estamos ante uno de esos directores que no admiten un término medio. Dicho lo cual, El sacrificio de un ciervo sagrado, pese a tener componentes extraños, se presenta como una propuesta bastante más accesible de lo esperado.

La película disecciona un apocalipsis familiar. El patriarca es un cirujano de prestigio que, por un hecho de su pasado, mantiene una curiosa relación de amistad con un joven, hasta el punto de invitarle a cenar a su casa. El joven se involucrará en la vida de la familia trastocando la existencia de todos sus miembros.
Lanthimos propone aquí una revisitación del mito de Artemisa y Agamenón, trasladando la historia a nuestros días y otorgándole una visión muy personal. Más que un home invasion, lo que «El sacrificio de un ciervo sagrado» nos propone es un family invasion, pues tenemos un elemento intrusivo que se cuela poco a poco en la vida de todos los miembros de la familia para darle un giro al principio superficial y después pertubador. El director juega con ello para convertir igualmente al espectador en otro intruso, al mostrarnos desde el inicio a un grupo de personas que, de puertas para afuera, componen una unidad familiar modélica, pero en la  que se nos enseñan comportamientos íntimos bastante alejados de la normalidad.

Lanthimos desecha cualquier tipo de épica para abrazar la sobriedad, e incluso la banalidad, y filmar un verdadero relato de terror bajo sus propias y particulares condiciones. De una manera a la que no estamos demasiado acostumbrados, el director griego consigue inquietar al espectador en una suerte de retorcida mezcla entre Funny Games de Michael Haneke y Visitor Q de Takashi Miike. Estamos ante un terror situado en las antípodas de las habituales producciones mainstream que abusan del sobresalto como único recurso para asustar a la audiencia, con cada vez menor efectividad. Aquí se inquieta a base de un ritmo lento y una atmósfera trabajada que, sin embargo, como resultas de lo personal que es el estilo del director, satisfará a un sector reducido del público, tal vez más acostumbrado a este tipo de cine. De hecho, resulta complicado englobar a la película de Lanthimos dentro del género (el propio director ha dicho que su película es una comedia), aunque considero que viendo los elementos que contiene y observando atentamente el desarrollo de la trama, no cabe duda de su intención. Otra cosa es el innegable humor negro, que algunos no serán capaces de ver, que impregna algunos segmentos de la película.

La sobriedad de que hacen gala Colin Farrell y Nicole Kidman contrasta con la intensidad, a veces histriónica, que muestra Barry Keoghan (joven actor al que ya vimos en Dunkerque). La contraposición de ambos estilos actorales empasta muy bien con el tono de la película, a pesar de la frialdad que transmite en ocasiones. Los niños Raffey Cassidy y Sunny Suljic (en especial este último) están a la altura y aportan una cierta ambigüedad que a ratos también resulta inquietante.

Con una utilización de la música orientada a la creación de atmósferas inquietantes (independientemente de que lo que veamos en pantalla sea insustancial), «El sacrificio de un ciervo sagrado» se convierte en una propuesta bastante interesante. Es cierto que algunos momentos pecan de ridículos (tal vez a ellos haga mención al director al decir que se trata de una comedia), pero en general esta historia de intruso en casa que pone patas arriba la unidad familiar ofrecerá una experiencia satisfactoria a aquellos que no se asusten por ritmos lentos, situaciones frías y mensajes crípticos. A mí me ha gustado.

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